lunes, 16 de abril de 2018

FRATERNIDAD Y ALEGRÍA: FRUTOS DE LA PASCUA


Después de Semana Santa, estamos en plena cincuentena Pascual: ¿qué tal la llevas? ¿Cómo va el mes?
El Papa nos ha regalado un documento estupendo: la Exhortación Apostólica “Gaudete et exultate”. Si aún no la has leído, te la recomiendo (42 páginas); y si no la tienes, dime y te la mando. Nos ayudará a vivir este tiempo de gozo que es la Pascua, así como también estos textos que nos reforzarán la Palabra del mes de abril («En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna», Jn 6, 47):



FRATERNIDAD PASCUAL

la fraternidad es el fruto de la Pascua de Cristo que, con su muerte y resurrección derrotó el pecado que separaba al hombre de Dios, al hombre de sí mismo, al hombre de sus hermanos. Pero nosotros sabemos que el pecado siempre separa, siempre hace enemistad. Jesús abatió el muro de división entre los hombres y restableció la paz, empezando a tejer la red de una nueva fraternidad. Es muy importante, en este tiempo nuestro, redescubrir la fraternidad, así como se vivía en las primeras comunidades cristianas.
Redescubrir cómo dar espacio a Jesús que nunca separa, siempre une. No puede haber una verdadera comunión y un compromiso por el bien común y la justicia social sin la fraternidad y sin compartir. Sin un intercambio fraterno, no se puede crear una auténtica comunidad eclesial o civil: existe sólo un grupo de individuos motivados por sus propios intereses. Pero la fraternidad es una gracia que hace Jesús.
La Pascua de Cristo hizo estallar algo más en el mundo: la novedad del diálogo y de la relación, algo nuevo que se ha convertido en una responsabilidad para los cristianos. De hecho, Jesús dijo: «En esto conocerán que todos sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13, 35). He aquí por qué no podemos cerrarnos en nuestro privado, en nuestro grupo, sino que estamos llamados a ocuparnos del bien común, a cuidar de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles y marginados.
Solo la fraternidad puede garantizar una paz duradera, vencer la pobreza, extinguir las tensiones y las guerras y erradicar la corrupción y la criminalidad.
Que el ángel que nos dice: «ha resucitado», nos ayude a vivir la fraternidad y la novedad del diálogo y de la relación y la preocupación por el bien común.
Que la Virgen María, que en este tiempo pascual invocamos con el título de Reina del Cielo, nos sustente con su oración para que la fraternidad y la comunión que experimentamos en estos días pascuales puedan convertirse en nuestro estilo de vida y en el alma de nuestras relaciones.

PAPA FRANCISCO, Regina Coeli lunes de Pascua 2 abril 2018




FELICES NO SÓLO UN DÍA

La alegría de los primeros cristianos (al igual que la de los cristianos de todos los tiempos y de todos los siglos, cuando el cristianismo se comprende en su esencia y se vive radicalmente), la alegría de los primeros cristianos era una alegría nueva, desconocida hasta entonces. No tenía nada que ver con la risa, con el buen humor, con la euforia. No tenía nada que ver tampoco -como diría Pablo VI- con “la alegría exaltante de la existencia y de la vida “, ni con “la alegría pacificadora de la naturaleza y del silencio”, ni tampoco con la alegría o la “satisfacción del deber cumplido”, ni era solamente “la alegría transparente de la pureza”, o “del amor puro” … todas ellas alegrías magníficas. Pero la de los primeros cristianos era diferente: era una alegría parecida a la embriaguez que invadió a los discípulos cuando vino el Espíritu Santo. Era la alegría de Jesús.
Porque Jesús, así como tiene su propia paz, tiene su propia alegría. Y la alegría de los primeros cristianos, que brotaba espontánea de lo más hondo de su ser, saciaba completamente su alma.
Ellos habían encontrado realmente lo que el hombre de ayer, de hoy y de siempre va buscando: a Dios que, como hemos visto, lo sacia completamente. Ellos habían encontrado la comunión con Dios, elemento esencial que los llevaba a su plena realización. Eran hombres auténticos.
De hecho, el amor, la caridad, con la que Cristo a través del Bautismo y de los demás sacramentos enriquece el corazón de los cristianos, se puede comparar con una planta. Cuanto más hunde sus raíces en el terreno de la caridad fraterna (cuanto más se ama al prójimo) más crece el tallo hacia el cielo: más crece en el corazón el amor a Dios, la comunión con Él; una comunión en la que no se cree sólo por fe, sino que se experimenta. Y es ésta la felicidad: amamos y nos sentimos amados.
Ésta era la felicidad de los primeros cristianos, adultos y jóvenes, que se expresaba en liturgias maravillosas, gozosas y rebosantes de himnos de alabanza y de acción de gracias.
Alegría que aumentaba también en su corazón porque con el amor y por el amor poseían la luz, es decir, “veían”, en cierto modo comprendían las cosas de Dios, que de por sí son impenetrables. Los misterios que aceptaban por medio de la fe, no les resultaban tan oscuros como se podría pensar. En ellos había una cierta percepción de los mismos tan apetecible, tan luminosa, que tenían la impresión de comprenderlos, de poseerlos. Y esto acrecentaba aún más su alegría: a la alegría del amor se añadía la de la verdad.
Así, armados únicamente con el amor y la luz y revestidos de alegría, en breve tiempo conquistaron el mundo conocido hasta entonces. Decía Tertuliano: “Somos de ayer y ya hemos invadido el mundo”.
Ellos se mantenían alegres incluso en las persecuciones y cantaban ante el martirio. Habían comprendido una paradoja del cristianismo: la alegría, la alegría sobrenatural de Jesús se encuentra precisamente donde parece que no exista: en el dolor, pero en el dolor amado.

CHIARA LUBICH, Discurso en el Jubileo de los jóvenes 1984


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