viernes, 31 de enero de 2014

CORAZÓN LIMPIO: FELICIDAD Y VER A DIOS

PALABRA DE VIDA        febrero 2014 

«Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios»

(Mt 5, 8)

La predicación de Jesús se abre con el sermón de la montaña. Ante el lago de Tiberiades, en una colina cerca de Cafarnaún, sentado, como solían hacer los
maestros, Jesús anuncia a la muchedumbre cómo es el hombre de las bienaventuranzas. Ya en el Antiguo Testamento había resonado varias veces la palabra «bienaventuranza», es decir, la exaltación de quien cumplía de distintos modos la Palabra del Señor.
Las bienaventuranzas de Jesús evocan en parte las que los discípulos ya conocían; pero ahora oían por primera vez que los puros de corazón no sólo eran dignos de subir al monte del Señor, como cantaba el salmo (cf. Sal 24, 4), sino que incluso podían ver a Dios. ¿Qué pureza era esa
 tan alta como para merecer tanto? Jesús lo explicaría varias veces a lo largo de su predicación. Por ello, tratemos de seguirlo para beber en la fuente de la auténtica pureza.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

Ante todo, según Jesús, hay un medio excelente de purificación: «Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he anunciado» (Jn 15, 3). No son los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas; en ella está presente Cristo, así como está presente de otro modo en la
 Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros siempre que la dejemos actuar, nos hace libres del pecado y, por tanto, puros de corazón.
Así pues, la pureza es fruto de vivir la Palabra, todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamados apegos, en los que caemos sin remedio si no tenemos el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Pueden referirse a las cosas, a las criaturas o a uno mismo. Pero si el corazón está atento solo a Dios, todo el resto cae.
Para salir airosos de esta empresa puede ser útil repetir durante el día a Jesús, a Dios, esa invocación del salmo que dice: «Señor, tú eres mi único bien» (cf. Sal 16, 2). Repitámoslo a menudo, y sobre todo cuando algún
apego quiera arrastrar nuestro corazón hacia esas imágenes, sentimientos y pasiones que pueden ofuscar la visión del bien y quitarnos la libertad.
Cuando nos apetezca mirar ciertos carteles publicitarios o ver ciertos programas de televisión, ¡no! Digámosle: «Señor, tú eres mi único bien», y este será el primer paso para salir de nosotros mismos y volver a declararle a Dios nuestro amor. Y así habremos ganado en pureza.
¿Nos percatamos a veces de que una persona o una actividad se
interponen, como un obstáculo, entre Dios y nosotros y empañan nuestra relación con Él? Entonces es el momento de repetirle: «Señor, tú eres mi único bien». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones y a recobrar la libertad interior.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

Vivir la Palabra nos hace libres y puros porque es amor. El amor es lo que purifica con su fuego divino nuestras intenciones y toda nuestra intimidad, pues el corazón, según la Biblia, es la sede más profunda de la
inteligencia y de la voluntad.
Pero hay un amor que Jesús nos recomienda y que nos permite vivir esta bienaventuranza: el amor recíproco, el amor de quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Este crea una corriente, un intercambio, un clima cuya nota determinante es precisamente la transparencia, la pureza, por la presencia de Dios, que es el único que puede crear en nosotros un corazón puro (cf. Sal 51, 12). Si vivimos el amor mutuo, la Palabra produce sus efectos de purificación y santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir largo tiempo a las instigaciones mundanas, mientras que en el amor recíproco encuentra el
ambiente sano capaz de proteger su pureza y toda su existencia cristiana auténtica.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

Y aquí está el fruto de esta pureza que siempre hay que reconquistar: que se puede ver a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, oír su voz en el corazón, captar su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.

Es un modo de saborear la presencia de Dios ya desde esta vida, «caminando en fe y no en visión» (cf. 2 Co 5, 7), hasta que veamos «cara a cara» (1 Co 13, 12) eternamente.

miércoles, 29 de enero de 2014

UNIDAD: DIVERSIDAD RECONCILIADA

Precioso texto del Papa Francisco que juntamente con la Palabra de Vida de este mes de enero nos ayuda a entender la Unidad de los Cristianos y trabajar por ella: 

LAS DIVISIONES HACEN DAÑO A TODOS
«¿Está dividido Cristo?» (1 Co 1,13). La enérgica llamada de atención de san Pablo al comienzo de su Primera carta a los Corintios, que resuena en la liturgia de esta tarde, ha sido elegida por un grupo de hermanos cristianos de Canadá como guión para nuestra meditación durante la Semana de Oración de este año.
El Apóstol ha recibido con gran tristeza la noticia de que los cristianos de Corinto están divididos en varias facciones. Hay quien afirma: «Yo soy de Pablo»; otros, sin embargo, declaran: « Yo soy de Apolo»; y otros añaden: «Yo soy de Cefas».
 Finalmente, están también los que proclaman: «Yo soy de Cristo» (cf. v. 12). Pero ni siquiera los que se remiten a Cristo merecen el elogio de Pablo, pues usan el nombre del único Salvador para distanciarse de otros hermanos en la comunidad. En otras palabras, la experiencia particular de cada uno, la referencia a algunas personas importantes de la comunidad, se convierten en el criterio para juzgar la fe de los otros.
En esta situación de división, Pablo exhorta a los cristianos de Corinto, «en nombre de nuestro Señor Jesucristo», a ser unánimes en el hablar, para que no haya divisiones entre ellos, sino que estén perfectamente unidos en un mismo pensar y un mismo sentir (cf. v. 10). Pero la comunión que el Apóstol reclama no puede ser fruto de estrategias humanas. En efecto, la perfecta unión entre los hermanos sólo es posible cuando se remiten al pensar y al sentir de Cristo (cf. Flp 2,5). Esta tarde, mientras
estamos aquí reunidos en oración, nos damos cuenta de que Cristo, que no puede estar dividido, quiere atraernos hacia sí, hacia los sentimientos de su corazón, hacia su abandono total y confiado en las manos del Padre, hacia su despojo radical por amor a la humanidad. Sólo Él puede ser el principio, la causa, el motor de nuestra unidad.
Cuando estamos en su presencia, nos hacemos aún más conscientes de que no podemos considerar las divisiones en la Iglesia como un fenómeno en cierto modo natural, inevitable en cualquier forma de vida asociativa. Nuestras divisiones hieren su cuerpo, dañan el testimonio que estamos llamados a dar en el mundo. El Decreto sobre el ecumenismo del Vaticano II, refiriéndose al texto de san Pablo que hemos meditado, afirma de manera significativa: «Con ser una y única la Iglesia fundada por Cristo Señor, son muchas, sin embargo, las Comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; ciertamente, todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y marchan por caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido». Y, por tanto, añade: «Esta división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura» (Unitatis redintegratio, 1). Las divisiones nos han hecho daño a todos. Ninguno de nosotros desea ser causa de escándalo. Por eso, todos caminamos juntos, fraternalmente, por el camino de la unidad, construyendo la unidad al caminar,
 esa unidad que viene del Espíritu Santo y que se caracteriza por una singularidad especial, que sólo el Espíritu santo puede lograr: la diversidad reconciliada. El Señor nos espera a todos, nos acompaña a todos, está con todos nosotros en este camino de la unidad.
Queridos amigos, Cristo no puede estar dividido. Esta certeza debe animarnos y sostenernos para continuar con humildad y confianza en el camino hacia el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los creyentes en Cristo. Me es grato recordar en este momento la obra del beato Juan XXIII y del beato Juan Pablo II. Tanto uno como otro fueron madurando durante su vida la conciencia de la urgencia de la causa de la unidad y, una vez elegidos Obispos de Roma, han guiado con determinación a la grey católica por el camino ecuménico. El papa Juan, abriendo nuevas vías, antes casi impensables. El papa Juan Pablo, proponiendo el diálogo ecuménico como dimensión ordinaria e imprescindible de la vida de cada Iglesia particular.
Junto a ellos, menciono también al papa Pablo VI, otro gran protagonista del diálogo, del que recordamos precisamente en estos días el quincuagésimo aniversario del histórico abrazo en Jerusalén con el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras.
La obra de estos Pontífices ha conseguido que el aspecto del diálogo ecuménico se haya convertido en una dimensión esencial del ministerio del Obispo de Roma, hasta el punto de que hoy no se entendería plenamente el servicio petrino sin incluir en él esta apertura al diálogo con todos los creyentes en Cristo. También podemos  
decir que el camino ecuménico ha permitido profundizar la comprensión del ministerio del Sucesor de Pedro, y debemos confiar en que seguirá actuando en este sentido en el futuro. Mientras consideramos con gratitud los avances que el Señor nos ha permitido hacer, y sin ocultar las dificultades por las que hoy atraviesa el diálogo ecuménico, pidamos que todos seamos impregnados de los sentimientos de Cristo, para poder caminar hacia la unidad que Él quiere. Y caminar juntos es ya construir la unidad.
En este ambiente de oración por el don de la unidad, quisiera saludar cordial y fraternalmente a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante del Patriarcado Ecuménico, a Su Gracia David Moxon, representante del arzobispo de Canterbury en  Roma, y a todos los representantes de las diversas Iglesias y Comunidades Eclesiales que esta tarde han venido aquí. Con estos dos hermanos, en representación de todos, hemos rezado ante el Sepulcro de Pablo y hemos dicho entre nosotros: “Pidamos para que Él nos ayude en este camino, en este camino de la unidad, del amor, haciendo camino de unidad”. La unidad no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino. Si no caminamos juntos, si no rezamos los unos por los otros, si no colaboramos en tantas cosas como podemos hacer
en este mundo por el Pueblo de Dios, la unidad no se dará. Se construye en este camino, a cada paso, y no la hacemos nosotros: la hace el Espíritu Santo, que ve nuestra buena voluntad.
Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor Jesús, que nos ha hecho miembros vivos de su Cuerpo, para que nos mantenga profundamente unidos a él, nos ayude a superar nuestros conflictos, nuestras divisiones, nuestros egoísmos; y recordemos que la unidad es siempre superior al conflicto. Y nos ayude a estar unidos unos a otros por una sola fuerza, la del amor, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rm 5,5 ). Amén.
PADRE FRANCISCO,  Homilía en la celebración de las Vísperas de la Solemnidad de la conversión del Apóstol San Pablo, Basílica de San Pablo extramuros, Sábado de 25 enero de 2014

martes, 21 de enero de 2014

VIDA DE LA PALABRA mes de enero
Alguna de mis EXPERIENCIAS tratando de vivir la Palabra de vida de enero ("Jesucristo, único cimiento de la Iglesia") y de diciembre (“el Señor os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”):
1.-        El día de Navidad por la tarde fuimos "en comandita" toda la familia (mis padres, hermanos, sobrinos) a visitar a nuestra tía, (hermana mayor de mi madre), monja clarisa en su convento. Fue precioso. Disfrutamos. Veías un alma entregada a Dios y, por amor a Él, al servicio de todos con su oración por toda la humanidad, trabajo y vida
de clausura. Nunca nos había contado tantísimas cosas. Estábamos con lágrimas en los ojos todos. Nos narró también historias de su juventud, de cuándo iba a entrar al convento a sus 21 años de edad, (hace 57 años que allí recibió el hábito), algún posible pretendiente, otra gente que trataba de quitarle la idea…: "tú eres una persona culta y formada, allí no te van a aportar nada". Y ella contestó: "con que aprenda la humildad y la pobreza, me basta". Típico de los/las franciscanos. Y nos añadió a nosotros: "¡y bien que lo he aprendido!, ¡¡y lo estamos experimentando ahora!!". Ahí se nos hizo un
gran nudo en la garganta a todos nosotros. Pero a ella la veíamos feliz: me venía a la mente el "solo Dios basta" de Santa Teresa. Sí, están teniendo que arreglar todas las cubiertas y tejados del amplio convento, (las lluvias torrenciales de mayo-junio estropearon incluso la parte nueva y entró agua en las bóvedas de la iglesia)… y… en tiempo de crisis… con pocas ayudas…
Antes, entrando, se nos ocurrió añadirle al regalo la ayuda económica que cada uno pudiera aportar (aunque no era excesiva) y que le dimos luego al final.
            El día de Epifanía fuimos mis padres y yo a la iglesia del convento y pudimos hablar un poquito con ella. Habíamos visto que, a  pesar de llevar en obras varios meses, estos días de lluvias habían tirado varias hileras de
 tejas. Y nos decía con paz y alegría envidiables: "…y todos los días algo hemos tenido para comer. ¡No hemos tenido que buscar en los contenedores, como tanta gente!". De nuevo nudo en mi garganta.
            Siempre que voy a visitarlas (y lo mismo toda la gente) viendo su ejemplo de serena alegría y la paz que transmiten, me hace recordar (¡y más este mes!): "Jesucristo, único cimiento de la Iglesia". Y no sólo un mes, ¡toda una vida!

2.-        Una familia nos invitó el sábado a comer. Una de las hijas, casada hace un año, nos anunció que esperan bebé. Y justo hoy, (¡en los tiempos que corren!), dejará de ser becaria y la harán "fija" en el trabajo, donde están muy contentos con ella: "es perfecta, el único defecto es que está casada", comentan inmisericordemente.
            Para mí, este jovencísimo matrimonio (y toda la familia) un ejemplo más de que… "Jesucristo, único cimiento".

3.-        Mi teléfono móvil empezó a fallar hace semanas. Estos días incluso, se me apaga y reinicia hasta 5 ó 6 veces cada día. Menos mal que "los Reyes Magos" me tienen prometido uno nuevo, que me traerán dentro de un par de semanas.
            Me ha venido esto muy bien para no impacientarme, para acordarme de la Palabra del mes: "Jesucristo, único cimiento", ¡no el
teléfono! Aunque pierda tiempo: con paz. Fiarme del Señor.
            Incluso el viernes, que llamé para una posible beca a un compañero, (que vendría fenomenal), ¡se me cortó y reinició 3 veces! Pero no perdí la serenidad: mi confianza no está en los medios materiales, aunque haya que servirse de ellos.

Alguna de vuestras EXPERIENCIAS tratando de vivir la Palabra de vida de diciembre (“el Señor os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”) y de vida de enero ("Jesucristo, único cimiento de la Iglesia"):
1.-        “GRACIAS POR TU GRAN AYUDA. YO HE PASADO SOLA ESTOS DIAS, PERO HE ESTADO UNIDA POR LA MISA DEL VATICANO A TODOS...
               EN ESTOS DIAS HE TENIDO LA OPORTUNIDAD DE DAR LA PAZ EN LAS MISAS A QUIEN NO ME SALUDA POR ALGUNAS DIFERENCIAS Y, AUNQUE LE COSTABA, ES LA ÚNICA FORMA DE TESTIMONIAR QUE SOY CREYENTE.
               Y  CUANDO ME SIENTO SOLA REZO POR LOS QUE ESTÁN ACOMPAÑADOS CON PROBLEMAS DE RELACIÓN Y SUFREN
"

2.-        “gracias una vez más por la Palabra de Vida. Deseo para ti (y para todos los que contigo hacen presente a Cristo, Cuerpo, al unirse contigo en el diario vivir), Paz y Bien. Me gustó mucho la expresión "...si sus Palabras nos viven a nosotros hasta hacer de nosotros "Palabras Vivas""… "la Palabra se hizo carne" y nos sigue viviendo en toda carne que se hace Palabra, es decir, en toda existencia que respira a Dios, y como Dios es amor, en toda existencia que respira amor: que ama, que se deja amar…
            … Amando, y con lo que cuesta amar "de verdad", vivimos un martirio, que como dijo
 Teresita de Liseux, es un "dulce Martirio" ("Morir de Amor es un dulce martirio, y es el martirio que sufrir quisiera"). Esto no es un llamado solo para el religioso …
            …con tanto tiempo en casa tengo la facilidad de disponer de muchos momentos para vivir este "dulce martirio", para dar testimonio de que creí en el Amor y definí mi existencia según Él. Desde realizar cada día el aseo de la casa, como ir a realizar una encomienda, o simplemente soportar con paciencia el genio tan diferente de cada miembro de la familia: todas son oportunidades de Amar. No siempre logro hacerlo como manda el Amor, y es el Amor el que me confronta examinando mi conciencia, pero la Voluntad de hacerlo a diario como un acto consciente de amor está"

3.-     “la Navidad? … en el aspecto interno, espiritualmente hablando, -- estuvimos en casa de una hija --, ¡nunca he amado tanto!: colaboré todo lo que pude... Pena, sí, porque según ellos, son agnósticos... Dios no está en su vida. Llevo 26 años sin poder ir a la Misa del Gallo, sin poder recibir la bendición del Papa... Ya que este día siempre me toca con esta hija... No obstante he estado muy alegre, presentando al Niño Dios mi corazón, junto al de ellos, y pidiéndole que haga con ellos lo que pueda. Ya que somos nosotros quienes tenemos que darle el "sí"... abrirle las puertas.
            Acabo el "testamento" deseándoos que el año que entra seáis más santos que éste, aferrándoos fuertemente a Xto., único cimiento de la Iglesia

4.-     “comparto una experiencia particular que he estado trabajando iluminado por la Palabra de Vida del final de año:
Vivo en un edificio familiar. En el primer piso vive mi abuela, abuelo y dos tíos. En el segundo mi papá, mamá, hermana y yo. Después de haber estado 2 años fuera de casa, al regresar, te encuentras con situaciones nuevas, las cuales debes aceptar y aprender a sujetarte a ellas. Una es encontrar en casa de mis abuelos a una tía con la cual me he caracterizado por tener diferentes caracteres. Desde pequeño me acostumbré a estar con la misma naturaleza tanto en el primer piso con mis abuelos como en el segundo.
Ahora, con mi tía viviendo con ellos, cada día es una oportunidad para vivir aquel amor que debe rebosar entre nosotros: cuando termino de ayudar con el aseo del segundo piso, bajo al primero y le pregunto a esta tía si aún no ha acabado de hacer sus oficios y si no lo ha hecho, le ayudo. Trato de no ocupar la televisión de mis abuelos, pues sé que ella también le gusta pasar tiempo allí. Miro de no responder cuando se le escapa algún comentario imprudente, sobre mí o mi futuro entre otras cosas, que me hacen sentir…
Una segunda experiencia. Mi abuela fue criada en la práctica de un cristianismo riguroso "puritano". Una de sus hijas, la mayor, vive con un hombre que no es su esposo, y desde aquel día mi abuela le prohibió volver... Ha sido un trabajo de cada día hablándole a mi abuela sobre la misericordia del Padre, leyéndole la parábola del hijo pródigo o del buen samaritano. Hoy, por ejemplo, le leí una de las catequesis del papa: "Dios no se cansa de perdonar, antes nos cansamos nosotros de pedirle perdón"

5.-        "…donde más me muevo es en Cáritas, pero me sentía agobiada: no sabía si dejarlo; pero soy feliz con el trabajo.
            Cuando la gente me pide cosas, me digo: "tengo que conseguirlo, pues es Jesús quien me lo pide". Si me piden comida, recuerdo el Evangelio "tenía hambre y me…". Ahora para Reyes he intentado buscarles juguetes o darles vales para que vayan a comprar. El Evangelio también lo dice: "pedid y se os dará". Me siento feliz pidiendo las cosas. Pero tenía que pararme y pensar: "si lo hago, tengo que realizarlo y escucharles a fondo". En mis "noches oscuras" le pido al Señor: "¿qué quieres que haga?". Yo sentía como que me decía: "ama, ama y todo irá bien". Y todo va bien ahora de momento.
            Trato de ayudar a mis compañeros: una me pide cómo se hacen unos papeles. Le explico todo con detalle. Al poco me vuelve a preguntar lo mismo: se lo vuelvo a explicar con amor. Yo ya había acabado y le digo: "te ayudo". "¿Me haces fotocopias?: no tengo vales de ropa". Le digo: "no te preocupes: yo te doy de los míos; yo  consigo la semana que viene". No sabía cómo darme las gracias.
            Otro compañero me pregunta: "¿te marchas?;  es que va llegar una persona y no quiero estar solo…, pero viene tarde…". Contesto: "no te preocupes, no tengo prisa". Le di gracias al Señor porque me pide que me quede, pues fue un sin parar (teléfono, atender a la gente, buscar fichas, etc.). Yo era tan feliz, porque pude amar en cada momento, y el Evangelio afirma "a quien se lo hagas, a Mí me lo haces".
            Pido por ti para que sigas ayudando a tanta gente..."



domingo, 19 de enero de 2014

ORAR POR LA UNIDAD

EN CAMINO HACIA LA PLENA UNIDAD VISIBLE
Del 18 al 25 de enero se celebra cada año la Semana de Oración por la unidad de los Cristianos (este año preparada por un grupo ecuménico de Canadá).
         El resto del año no hay que dejar de pedir con Jesús al Padre "que todos sean uno". Es su testamento su deseo más ardiente: "como en el cielo, así en la tierra".
         Algunos textos del Papa en referencia a ello.

NO DESISTIR EN EL EMPEÑO ECUMÉNICO
“...Frente a algunas voces que no reconocen más como objetivo factible la plena unidad visible de la Iglesia, estamos invitados a no desistir en nuestro esfuerzo ecuménico, fieles a cuanto el mismo Señor Jesús invocó del Padre: "Que todos sean una sola cosa"...
...De hecho, el ecumenismo es un proceso espiritual que se realiza en la obediencia fiel al Padre, en el cumplimiento de la voluntad de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo..."
PAPA FRANCISCO, Discurso a la delegación ecuménica de Finlandia, 17 enero 2014



EL DIÁLOGO ECUMÉNICO
            El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide «que todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión». Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios. Confiarse al otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). En este empeño, también entre nosotros, se cumple la antigua profecía: «De sus espadas forjarán arados» (Is 2,4).
         Bajo esta luz, el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana. La presencia en el Sínodo del Patriarca de Constantinopla, Su Santidad
 Bartolomé I, y del Arzobispo de Canterbury, Su Gracia Rowan Douglas Williams, fue un verdadero don de Dios y un precioso testimonio cristiano.
         Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio. La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. Por lo tanto, el empeño por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja de ser mera diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un camino ineludible de la evangelización. Los signos de división entre los cristianos en países que ya están destrozados por la violencia agregan más motivos de conflicto por parte de quienes deberíamos ser un atractivo fermento de paz. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Sólo para dar un ejemplo, en el diálogo con los hermanos ortodoxos, los católicos tenemos la posibilidad de aprender algo más sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad. A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien.
PAPA FRANCISCO, Evangelii gaudium 244-246

sábado, 18 de enero de 2014

DIOS ESTÁ AQUÍ POR MÍ

Un par de textos para reforzar la vivencia de la Palabra de este mes. 
El primero sobre Mons. Klaus Hemerle, (estamos en el 20º aniversario de su partida hacia la casa del Padre), y el segundo, de Benedicto XVI.
DIOS ESTÁ AQUÍ POR MÍ
         Hemmerle escribió la Carta Pastoral para la Cuaresma de 1976 comenzando con una pregunta: "¿Qué tal ha ido esta semana? Escoged un título que pueda sintetizar la semana que acaba de pasar… ¿Y cuál es este título? El título es: Dios forma parte en mi vida, Dios me ha asumido hasta el punto extremo y, por tanto, me toca en lo más profundo de mí, Dios está aquí por mí, me ha dicho "sí" a mí, Dios me ama. En la Primera carta de Juan, todo el Evangelio se sintetiza en una frase: "Y nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene" (cfr. 1 Jn 4, 16). Si nos preguntamos sobre un posible título para poner a nuestra vida, quizá no logramos encontrarlo.
Pero si nosotros pedimos a Dios que ponga un título a nuestra vida, entonces hallamos la respuesta: esta respuesta es Jesús. Él es la Palabra que nos dice quiénes somos: nosotros somos amados por Él, nosotros estamos aquí para poder volver a dar y llevar a todos su amor".
        Hemmerle quería hacer comprender que Dios ha puesto un título, es decir, el título de su Palabra, a toda la vida del hombre. Así habló de la Palabra de Dios que en Jesús se ha hecho carne explicando cómo Jesús ha vivido la vida humana con nosotros "en nuestra cotidianeidad, en nuestras desilusiones y esperanzas, en nuestras alegrías y en nuestras angustias. Él ha compartido todo esto con nosotros hasta la muerte de cruz en la más total soledad".
         Con esta primera carta pastoral… quería que la iniciativa fuese dejada a Algún Otro: se trataba de seguir Sus huellas junto a todos los creyentes de la diócesis. Por este motivo se enraíza firmemente en la Palabra de Dios. Él invitaba a escoger una Palabra tomada de las lecturas de la liturgia dominical y a vivirla juntos. No era una palabra elegida por él, sino la Palabra que proviene de la Escritura que la Iglesia propone en el año litúrgico. El Obispo concluye la letra pastoral con un deseo: "Estaré feliz de poder escuchar de vez en cuando alguna de esas experiencias".
         En la diócesis esta Carta Pastoral fue tomada muy en serio. Hubo muchas respuestas, tantas que ocho semanas después… escribe una carta a aquellos que le habían contado experiencias realizadas viendo la Palabra: "¡Queridos amigos en la Palabra! Con este apelativo quiero dirigirme a aquellos que han querido responder en primera persona a mi carta pastoral para la Cuaresma referida a la Palabra".
         Él percibió claramente que la Palabra comenzaba a obrar en su diócesis suscitando una realidad de comunión entre los creyentes y con el Obispo. Esto le empujó, no pudiendo contestar a cada uno personalmente, a responder a todos con una carta abierta: …contaba en primera persona cómo había vivido la Palabra en los meses de marzo y abril, qué Palabra lo había tocado en particular y lo había guiado, dejando en él una huella. Invitaba a vivir la Palabra y ponía ejemplos concretos en referencia a cómo se podía vivir…
Mons. Klaus HEMMERLE, (Obispo de Aquisgrán)
(+23-I-1984) 

Primera Carta pastoral, Cuaresma 1976,

citada y comentada en W. HAGEMANN, 
Klaus Hemmerle: innamorato dalla Parola di Dio
Città Nuova, p. 129 ss.

(traducción mía)


DONDE SE VE A DIOS COMIENZA REALMENTE LA VIDA
         “Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace
 falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. … en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo. 

BENEDICTO XVI, Homilía, domingo 24 abril 2005

miércoles, 1 de enero de 2014

EL ÚNICO CIMIENTO


PALABRA DE VIDA enero 2014

Del 18 al 25 de enero se celebra en muchas partes del mundo la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que en otros lugares se celebra en Pentecostés. Este año el lema elegido es: «¿Está dividido Cristo?» (1 Co 1, 13).
Chiara Lubich solía comentar cada vez el versículo bíblico. Para mantener su aportación, proponemos un texto suyo que puede ser de ayuda para profundizar en la frase que se nos propone este año.

«Jesucristo, único cimiento de la Iglesia»
(cf. 1 Co 3, 11)

Era el año 50 cuando Pablo llegó a Corinto, la gran ciudad de Grecia famosa por su importante puerto comercial y animada por sus múltiples corrientes de pensamiento. Durante 18 meses el apóstol anunció allí el Evangelio y sentó las bases de una floreciente comunidad cristiana. Después de él, otros continuaron la obra de evangelización. Pero los nuevos cristianos corrían el riesgo de apegarse a las personas que llevaban el mensaje de Cristo más que al propio Cristo. Y así nacían distintas facciones: «Yo soy de Pablo», decían unos; y otros, refiriéndose a su apóstol preferido: «Yo soy de Apolo», o bien: «Yo soy de Pedro».
Ante la división que turbaba a la comunidad, Pablo afirma con fuerza que los constructores de la Iglesia, comparándola con un edificio o un templo, pueden ser muchos, pero uno solo es el cimiento, la piedra viva: Cristo Jesús.
Sobre todo este mes, durante la «Semana de oración por la unidad de los cristianos», las Iglesias y Comunidades Eclesiales recuerdan juntas que Cristo es su único cimiento, y que sólo adhiriéndose a Él y viviendo su único Evangelio pueden encontrar la unidad plena y visible entre ellos.

«Jesucristo, único cimiento de la Iglesia».

Basar nuestra vida en Cristo significa ser un todo con Él, pensar como Él piensa, querer lo que Él quiere, vivir como Él vivió.
Pero ¿cómo basarnos, enraizarnos en Él? ¿Cómo convertirnos en un todo con Él?
Poniendo en práctica el Evangelio.
Jesús es el Verbo, o sea, la Palabra de Dios encarnada. Y si Él es la Palabra que asumió la naturaleza humana, nosotros seremos verdaderos cristianos si somos hombres y mujeres que impregnan toda su vida de la Palabra de Dios.
Si vivimos sus palabras, es más, si sus palabras nos viven hasta hacer de nosotros «Palabras vivas», somos uno con Él, nos estrechamos a Él; ya no vive el yo o el nosotros, sino la Palabra en todos. Podemos pensar que viviendo así contribuiremos a que la unidad entre todos los cristianos se haga realidad.
Así como el cuerpo respira para vivir, el alma, para vivir, vive la Palabra de Dios.
Uno de los primeros frutos es que Jesús nace en nosotros y entre nosotros. Esto provoca un cambio de mentalidad: inyecta en el corazón de todos, sean éstos europeos, asiáticos, australianos, americanos o africanos, los mismo sentimientos de Cristo ante las circunstancias, las personas y la sociedad.
[…]
Vivir la Palabra libera de condicionamientos humanos, infunde alegría, paz, sencillez, plenitud de vida, luz; al hacer que nos adhiramos a Cristo, nos transforma poco a poco en otros Él.

«Jesucristo, único cimiento de la Iglesia».

Pero hay una Palabra que resume todas las demás, y es amar: amar a Dios y al prójimo. Jesús resume en ella «toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 40).
Lo cierto es que cada Palabra, aunque expresada en términos humanos distintos, es Palabra de Dios; pero como Dios es Amor, cada Palabra es caridad.
Entonces, ¿cómo vivir este mes? ¿Cómo estrecharnos a Cristo, «único cimiento de la Iglesia»? Amando como Él nos enseñó.
«Ama y haz lo que quieras», dijo san Agustín, casi sintetizando la norma de vida evangélica, porque amando no te equivocarás, sino que cumplirás de lleno la voluntad de Dios.

CHIARA LUBICH