lunes, 17 de abril de 2017

¡SIGUE CON NOSOTROS, SEÑOR!

VIDA DE LA PALABRA                  primeras semanas de ABRIL

Alguna de mis EXPERIENCIAS tratando de llevar a la práctica diaria la Palabra de abril («Quédate con nosotros, porque atardece», Lc 24, 29) y la de marzo («¡Reconciliaos con Dios!», 2 Co 5, 20):
1.-        Me resultaba un poco extraño anticipar… pero ¡qué bonito empezar ya desde los últimos días de Cuaresma a repetir a menudo “quédate con nosotros”! Y tararear interiormente con música del Gen Rosso “sigue con nosotros, Señor, es tarde ya…”. Sí, sé que estoy siempre acompañado, pero era necesario repetirlo para darme cuenta, para saborearlo, para pedir su ayuda, para rebosar de agradecimiento…:
cuando el jueves de la otra semana una llamada de urgencia para una unción en el hospital resquebraja todo mi horario, “¡quédate con nosotros!”, y Él hace que sea un momento de cielo para la enferma y para su familia (tanto que dicen que jamás lo olvidarán), y en ese momento al salir una enfermera sugiere que va a preguntar en otra habitación y al final también administro la unción y quedan igualmente sorprendidos sus hijos (“jamás había vivido este sacramento: sorprendemente bonito”);
cuando te das cuenta que, (sin pretenderlo, naturalmente), con toda la buena voluntad, quizá haces daño a alguien, “¡quédate con nosotros!”;
cuando el miércoles por la noche llevaban a mi madre a urgencias a Albacete (esta vez, por el ojo; al final, se solucionó en un par de horas, gracias a Dios) y la noche del viernes se mareó totalmente al levantarse al servicio (no pudiendo yo estar allí para ayudar), “¡quédate con nosotros, quédate con ella!”;
cuando la noche del Jueves Santo al Viernes acompañando a Jesús en el monumento (atendiendo la parroquia dormí poco más de 3 horas, con “regalo” incluso de 2 confesiones preciosas) a pesar de saber el horario continuo e intenso del día siguiente, “¡quédate con nosotros!” (si no, no sé cómo resistía pues llevaba ya un par de semanas intensas);
cuando me veía desbordado-cansado por la preciosidad del encuentro en el Centro Mariápolis compaginado con vivencia también del Triduo Pascual en la Parroquia, “¡quédate con nosotros!”;
cuando te despides de personas que quieres, “¡quédate con nosotros, quédate con ellos!”.


Alguna de vuestras EXPERIENCIAS tratando de llevar a la práctica diaria la Palabra de abril («Quédate con nosotros, porque atardece», Lc 24, 29), la de marzo («¡Reconciliaos con Dios!», 2 Co 5, 20) y la de febrero («Os daré un corazón nuevo; infundiré en vosotros un espíritu nuevo», Ez 36, 26):
1.-        “viajé varias veces en autobús coincidiendo con la hora en la que quería escuchar noticias de la radio en mi móvil.
Una de estas veces, mientras escuchaba una noticia interesante… el autobús entró en un túnel. El primer túnel que me encontré era corto y aunque me resultaba incómodo esperé que terminara para seguir escuchando las noticias. Pero hubo más túneles, uno en especial me resultó muy largo... Sin pensarlo, empecé a manipular el móvil buscando otra frecuencia, sin darme cuenta que el túnel impedía todo contacto con el exterior y por lo tanto era inútil mi esfuerzo. Esta experiencia me hizo reflexionar y darme cuenta que estaba actuando insensatamente. Al mismo tiempo, me vino a la mente comparar el túnel con la experiencia vital hecha durante este último periodo.
El túnel, en ese momento, se convirtió en una imagen plástica –casi como una parábola– que daba luz a mi experiencia más íntima. Entendí que –en los momentos de incomprensión o de dolor– me había empeñado en buscar “soluciones” que a lo único que me llevaban era a perder la onda y salir del tramo de viaje con el trabajo de volverla a encontrar. Entendí que Dios permite un momento de “túnel”, dolor o incomprensión para que centre mi atención no tanto en los sonidos e imágenes externas, sino para que Lo escuche y perciba en mi interior, para que establezca un diálogo conmigo mismo y con Él en lo más profundo de mi ser.
Esto me explicó cómo ante la pregunta hecha a Dios al inicio de la experiencia: “¿Qué quieres de mí?”, en un primer momento no encontrara respuesta –como indicación de que primero debía responderme a mí mismo–, y luego Sus palabras me susurraran que lo que quería de mí era que me acogiera a mí mismo tal como soy y saliera a Su búsqueda en los demás.
Vinieron otros días de viaje y otros túneles y la parábola iba haciéndose cada vez más sugestiva y se ampliaba con nuevos significados.
Entendí que Jesús se encarnó y asumió nuestra humanidad; y que, cuando Dios realiza su “trabajo” en nosotros, lo hace con instrumentos (personas o circunstancias) concretas, aprovecha nuestros límites y defectos, nuestras debilidades y vulnerabilidad. Al principio cuesta desligar la responsabilidad de lo que te sucede, de esos  instrumentos, pero poco a poco vas entendiendo que son una oportunidad, una gracia en sus manos, porque en realidad todo “sucede” en mi interior y tiene como finalidad un mayor conocimiento de mí mismo para crecer hacia el proyecto que Él tiene sobre mí.
En otro momento me pregunté, pero ¿por qué razón se hacen los túneles en las carreteras?: ¡no están solo para impacientarme cuando quiero escuchar las noticias! La respuesta me vino de inmediato: los ingenieros horadan la montaña para acortar el camino y ahorrar tiempo.
De nuevo se hizo conexión con mi vivencia y la imagen se llenó de matices muy sugerentes. ¡Dios horada profundamente en mi vida para que pueda evitar caminos llenos de curvas y rodeos, para que llegue antes a mi destino, ahonde en la meta que es ser Él, el amor puro, desinteresado!
Entonces si es así, los dolores, todas las dificultades que encuentro tienen un solo porqué: Su amor. Un Amor que se ocupa de mí, me trabaja, me acompaña y no me abandona. Un amor que quiere, aunque sea a través del dolor, facilitarme la Vida, hacerla cada vez más enraizada en las profundidades de su Ser-Amor. La explicación de mi experiencia a través de esta parábola me quitó un gran peso de encima y está haciendo que la siguiente etapa del viaje, (el “Santo Viaje” como lo llama Chiara Lubich), sea un recomenzar ligero de equipaje, con una gran sensación de libertad, de libertad interior, resanado y esperanzado en que los próximos “túneles” serán siempre expresión de Su atención hacia mí, aunque yo no lo sepa reconocer

2.-        “decidimos cambiar el logo y la página de la fundación: habían pasado 8 años. Era hora de avanzar y dar algún paso para renovarse. Elegimos entre dos propuestas de personas diferentes. Optamos por la que nos parecía la más sencilla para luego poder imprimirla en lo que quisiéramos.
            A la semana, me pide mi marido que le acompañe a la fábrica. Había un montón de cosas que ordenar: juguetes, ropa, material escolar… Tuvimos que  pasar por el edificio principal. Por el camino me iba presentando. A algunos ya les conocía, a otros, no. Llegamos a recepción y me presenta a un chico, de quien comenta: “mira, éste es quien ha hecho el logo de la Fundación”. Se me quedó mirando el chaleco y se le notaba ilusionado. En ese instante yo notaba también en mí que algo cambiaba. En seguida lo comprendí: desde que recibí el diseño del logo hasta que vi la cara del chico, el logo, para mí, había sido una imagen, un dibujo; al ver su expresión, era como si aquel dibujo recobrase vida. Cuando me lo enseñaron, sólo pensaba en cómo quedaría, no fui más allá. Al tener delante de mí a la persona que lo había realizado, el “algo” se convirtió en “alguien” y mi perspectiva cambió.
Ahora pensaba que aquel símbolo que llevaba en el chaleco era el resultado de su trabajo y tiempo. Entendía el motivo de verle ilusionado: lo que un día estaba en su mente, se había convertido en una realidad. Además, todo lo relacionado con la Fundación llevaría su marca, su diseño. Le notaba ilusionado y me contagió a mí su ilusión.
            Resultó que también se había puesto a trabajar en la página web: “¿Te gusta?”. Ahora la impactada era yo. Ignoraba que ya había alguien trabajando en la página y ver así de repente la información que tiempo atrás había puesto yo, pero mejorada, me impactó. Desde ese momento, nos pusimos los dos a trabajar en ello. Bueno, como diría un amigo: los tres, (¡no hay que olvidar nunca a Jesús!). Me hizo ilusión, la verdad: me gusta el trabajo en equipo y si, además, se trata de algo creativo, la ilusión es doble


Si quieres leer más experiencias similares, 
de gente de todo el mundo,
puedes encontrarlas “pinchando” AQUÍ
y otras también AQUÍ



N.B.: tú también puedes compartir las experiencias
que, por gracia de Dios, hayas podido realizar
poniendo en práctica el Evangelio;
“pincha” aquí abajo en “comentarios” y escríbela;
o, dado que en algunos navegadores eso no funciona,
mándamela por correo-e.






No hay comentarios:

Publicar un comentario