jueves, 15 de octubre de 2015

EL SIGNO DE AUTENTICIDAD

Como refuerzo para comprender y vivir mejor la Palabra de Vida de octubre («En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros»,  Jn 13, 35), aquí tienes un par de textos: 
AMOR RECIPROCO

                  …Si lo que un padre dice antes de morir, no se olvida jamás, ¿qué será de las palabras de un Dios?
Tómalas, pues, muy en serio…: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros".

Jesús está a punto de morir y todo lo que dice, refleja este próximo acontecimiento. Su marcha inminente, de hecho, reclama, sobre todo, la solución de un problema. ¿Cómo puede hacer Él para quedarse entre los suyos, y llevar adelante a su Iglesia?
Tú sabes que Jesús está presente, por ejemplo, en las acciones sacramentales: en la Eucaristía...
Pues bien, también donde se vive el amor recíproco, Jesús
está presente. De hecho, ha dicho: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (y esto es posible mediante el amor recíproco), yo estoy en medio de ellos".

Él puede, por tanto, permanecer eficazmente presente en la comunidad en la que es vida el amor recíproco. Y a través de la comunidad puede seguir revelándose al mundo, puede seguir influyendo en el mundo.

¿No te parece espléndido? ¿No te vienen ganas de vivir en seguida este amor junto con los demás cristianos, prójimos tuyos?

Juan, que refiere las palabras que estamos profundizando, ve el amor recíproco, el mandamiento por excelencia de la Iglesia, cuya vocación es precisamente ser comunión, ser unidad.

Jesús dice después, en seguida: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros".
Si quieres, por tanto, buscar el verdadero signo de autenticidad de los discípulos de Cristo, si quieres conocer su distintivo, tienes que individualizarlo en el amor recíproco vivido. Los cristianos se reconocen por este signo. Y, si éste falta, el mundo no descubrirá nunca a Jesús en la Iglesia.

El amor recíproco crea la unidad. Pero, ¿qué es lo que hace la unidad?: "...que sean uno, ‑dice además Jesús‑ para que el mundo crea...". La unidad, al revelar la presencia de Cristo, arrastra al mundo a seguirlo. El mundo ante la unidad, ante el amor recíproco, cree en Él.

 "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros".
En el mismo discurso de despedida, Jesús llama "suyo" a este mandamiento.
Es suyo, y por tanto, le tiene particular cariño.

No tienes que entenderlo sencillamente como una norma, una regla o un mandamiento como los demás. Aquí, Jesús quiere revelarte un modo de vivir, quiere decirte cómo orientar tu existencia. De hecho, los primeros cristianos ponían este mandamiento como fundamento de sus vidas. Pedro decía: "Sobre todo, conservad entre vosotros una gran caridad" (1 Pe 4,8).
Antes de trabajar, antes de estudiar, antes de ir a Misa, antes de cualquier actividad, comprueba si reina entre ti y quien vive contigo el amor recíproco. Si es así, sobre esta base, todo tiene valor. Sin este fundamento, nada agrada a Dios.

Jesús te dice, además, que este mandamiento es "nuevo". "Os doy un mandamiento nuevo".
¿Qué quiere decir? ¿Tal vez que este mandamiento no era conocido?
No. "Nuevo" significa hecho para los "nuevos tiempos".

¿De qué se trata, por tanto?
Mira, Jesús ha muerto por nosotros. Por tanto, nos ha amado hasta la medida extrema. Pero, ¿qué amor era el suyo? No ciertamente como el nuestro. El suyo era un amor "divino". Él dice: "Como el Padre me ha amado a mí, así también yo os he amado a vosotros". Nos ha amado, pues, con el mismo amor con el cual Él y el Padre se aman.
Y con ese mismo amor, nosotros tenemos que amarnos mutuamente, para llevar a la práctica el mandamiento "nuevo".

Sin embargo, un amor así, tú, como hombre, no lo tienes. Pero, estate contento porque como cristiano lo recibes. ¿Y quién te lo da? El Espíritu Santo lo infunde en tu corazón y en los corazones de todos los creyentes.
Existe, entonces, una afinidad entre el Padre, el Hijo y nosotros, los cristianos, por el único amor divino que poseemos. Es este amor el que nos injerta en la Trinidad. Es este amor el que nos hace hijos de Dios.

Es por este amor por lo que el cielo y la tierra están unidos, como por una gran corriente. Por este amor, la comunidad cristiana se eleva a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra donde los creyentes se aman.

¿No te parece divinamente hermoso todo esto y extraordinariamente fascinante la vida cristiana?

CHIARA LUBICH, Comentario a Jn 13,34, mayo 1980




NO LOBOS, SINO CORDEROS

Siempre que seamos corderos, venceremos y aunque estemos rodeados de muchos lobos, conseguiremos superarlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos derrotados, porque nos faltará la ayuda del Pastor.
El reino de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo".


BENEDICTO XVI, Audiencia general, miércoles 26 octubre 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario