lunes, 15 de septiembre de 2014

PECADOS MÁS GRAVES: LOS QUE VAN CONTRA LA UNIDAD


LA IGLESIA, SANTA Y UNA
         
al rezar el «Credo», afirmamos que la Iglesia es «una» y «santa». Es una, porque tiene su origen en Dios Trinidad, misterio de unidad y de comunión plena. La Iglesia también es santa, en cuanto que está fundada en Jesucristo, animada por su Santo Espíritu, llena de su amor y su salvación. Al mismo tiempo, sin embargo, es santa y está formada por pecadores, todos nosotros, pecadores, que experimentamos cada día nuestras fragilidades y
nuestras miserias. Así pues, esta fe que profesamos nos impulsa a la conversión, a tener el valor de vivir cada día la unidad y la santidad, y si nosotros no estamos unidos, si no somos santos, es porque no somos fieles a Jesús. Pero Él, Jesús, no nos deja solos, no abandona a su Iglesia…
          …Jesús rezó mucho por la unidad de los discípulos. En la oración de la Última Cena, Jesús pidió con insistencia: «Padre, que todos sean uno». Rezó por la unidad… Es lo que estamos invitados continuamente a releer y meditar en una de las páginas más intensas y conmovedoras del Evangelio de Juan, el capítulo diecisiete (cf. vv. 11.21-23). ¡Cuán hermoso es saber que el Señor, antes de morir, no se preocupó de sí mismo, sino que pensó en nosotros! Y en su diálogo intenso con el Padre, rezó precisamente
para que lleguemos a ser una cosa sola con Él y entre nosotros… para que podamos entrar también nosotros en la plena comunión de amor con Él; al mismo tiempo, le confió a cada uno de nosotros como su testamento espiritual, para que la unidad llegue a ser cada vez más la nota distintiva de nuestras comunidades y la respuesta más bella a quien nos pida razón de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 P 3, 15).
          «Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú
me has enviado» (Jn 17, 21)… Los Hechos de los Apóstoles nos recuerdan que los primeros cristianos se distinguían por tener «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32); el apóstol Pablo, luego, exhortaba a sus comunidades a no olvidar que son «un solo cuerpo» (1 Cor 12, 13). La experiencia, sin embargo, nos dice que son muchos los pecados contra la unidad. Y no pensemos sólo en los cismas, pensemos en faltas muy comunes en nuestras comunidades… A veces, en efecto, nuestras parroquias, llamadas a ser lugares donde se comparte y se vive en comunión, están tristemente marcadas por envidias, celos y antipatías... Y las habladurías están al alcance de todos... Hay que pedir al Señor la gracia de no hacerlo. Esto es humano pero no es cristiano. Esto sucede cuando aspiramos a los primeros lugares; cuando nos ponemos nosotros mismos en el centro, con nuestras ambiciones personales y nuestros modos de ver las cosas, y juzgamos a los demás; cuando miramos los defectos de los hermanos, en lugar de sus dones; cuando damos más peso a lo que nos divide, en lugar de aquello que nos une...
          Una vez… escuché un comentario interesante y hermoso. Se
hablaba de una anciana que durante toda su vida había trabajado en la parroquia, y una persona que la conocía bien, dijo: «Esta mujer nunca habló mal, jamás criticó, era siempre una sonrisa». Una mujer así puede ser canonizada mañana… …Tenemos que trabajar también por la unidad de todos los cristianos, ir por la senda de la unidad que es lo que Jesús quiere y por lo cual oró.
          … la división es uno de los pecados más graves, porque la convierte en signo no de la obra de Dios, sino de la obra del diablo, el cual es por definición el que separa, quien arruina las relaciones, insinúa prejuicios... La división en una comunidad cristiana, sea una escuela, una parroquia o una asociación, es un pecado gravísimo, porque es obra del diablo. Dios, en cambio, quiere que crezcamos en la capacidad de aceptarnos, de perdonarnos y querernos, para asemejarnos cada vez más a Él que es comunión y amor. En esto está la santidad de la Iglesia: identificarse a imagen de Dios, llena de su misericordia y de su gracia.
          Queridos amigos, hagamos resonar en nuestro corazón estas palabras de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán ellos llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Pidamos sinceramente perdón por todas las veces en las que hemos sido ocasión de división o de incomprensión en el seno de nuestras comunidades, sabiendo bien que no se llega a la comunión si no es a través de una continua conversión. ¿Qué es la
conversión? Es pedir al Señor la gracia de no hablar mal, no criticar, no murmurar, de querer a todos. Es una gracia que el Señor nos concede. Esto es convertir el corazón. Y pidamos que el tejido cotidiano de nuestras relaciones se convierta en un reflejo cada vez más hermoso y gozoso de la relación de Jesús con el Padre.
PAPA FRANCISCO, Audiencia General  miércoles 27 agosto 2014 



MATERNIDAD DE LA IGLESIA

          Queridos amigos, esta es la Iglesia, esta es la Iglesia que todos amamos, esta es la Iglesia que yo amo: una madre a la que le interesa el bien de sus hijos y que es capaz de dar la vida por ellos. No tenemos que olvidar, sin embargo, que la Iglesia no son sólo los sacerdotes, o nosotros obispos; no, somos todos. La Iglesia somos todos. ¿De acuerdo? Y también nosotros somos hijos, pero también madres de otros cristianos. Todos los bautizados,
hombres y mujeres, juntos somos la Iglesia. ¡Cuántas veces en nuestra vida no damos testimonio de esta maternidad de la Iglesia, de esta valentía maternal de la Iglesia! ¡Cuántas veces somos cobardes! Encomendémonos a María, para que Ella como madre de nuestro hermano primogénito, Jesús, nos enseñe a tener su mismo espíritu maternal respecto a nuestros hermanos, con la capacidad sincera de acoger, de perdonar, de dar fuerza y de infundir confianza y esperanza. Es esto lo que hace una mamá.
PAPA FRANCISCO, Audiencia General miércoles 3 septiembre 2014



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