lunes, 1 de septiembre de 2014

ACOGEOS MUTUAMENTE


PALABRA DE VIDA                                 septiembre 2014 

«Acogeos mutuamente,
como Cristo os acogió para gloria de Dios»
(Rm 15, 7)

          Estas palabras son una de las recomendaciones finales de san Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Esta comunidad, como tantas otras esparcidas por el mundo grecorromano, estaba formada por creyentes que provenían en parte del paganismo y en parte del judaísmo, es decir, con una mentalidad, formación cultural y sensibilidad espiritual muy distintas. Esta diversidad daba pie a juicios, prevenciones, discriminaciones e intolerancias de unos con otros que, ciertamente, no se avenían con esa acogida mutua que Dios quería de ellos.
          Para ayudarlos a superar dichas dificultades, el Apóstol no encuentra medio más eficaz que llevarlos a reflexionar sobre la gracia de su conversión. El que Jesús los  hubiese llamado a la fe, comunicándoles el don de su Espíritu, era la prueba palpable del amor con el que Jesús había acogido a cada uno de ellos. A pesar de su pasado y diversidad de procedencia, Jesús los había acogido para formar un solo cuerpo.

«Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».

          Estas palabras de san Pablo nos recuerdan uno de los aspectos más conmovedores del amor de Jesús: el amor con que Jesús acogió a todos durante su vida terrena, de modo particular a los más marginados, los más necesitados, los más alejados. Es el amor con el que Jesús ofreció a todos su confianza, su familiaridad, su amistad, abatiendo una a una las barreras que el orgullo y el
egoísmo humano habían erigido en la sociedad de su tiempo. Jesús fue la manifestación del amor plenamente acogedor del Padre celestial por cada uno de nosotros y del amor que, en consecuencia, deberíamos tener unos por otros. Esta es la primera voluntad del Padre sobre nosotros; por ello no podríamos dar mayor gloria al Padre que la que le damos al procurar acogernos mutuamente tal como Jesús nos acogió a nosotros.

«Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».

          ¿Cómo viviremos, pues, la Palabra de vida de este mes? Esta concentra nuestra atención sobre uno de los aspectos de nuestro egoísmo que se da con más frecuencia y –digámoslo también– más difíciles de superar: la tendencia a aislarnos, a discriminar, a marginar, a excluir al otro porque es distinto de nosotros y podría perturbar nuestra tranquilidad.
          Para ello trataremos de vivir esta Palabra de vida ante todo dentro de nuestras familias, asociaciones, comunidades y grupos de trabajo, eliminando en nosotros los juicios, las discriminaciones, las prevenciones, los resentimientos, la intolerancia hacia este o aquel prójimo, tan fáciles y tan frecuentes, que tanto
enfrían y comprometen las relaciones humanas y que impiden el amor recíproco bloqueándolo como la herrumbre.
          Y luego, en la vida social en general, proponiéndonos dar testimonio del amor acogedor de Jesús hacia cualquier prójimo que el Señor nos ponga al lado, especialmente aquellos que el egoísmo social tiende más fácilmente a excluir o marginar.
          Acoger al otro, al que es distinto de nosotros, es la base del amor cristiano. Es el punto de partida, el primer peldaño para construir esa civilización del amor, esa cultura de comunión a la que Jesús nos llama sobre todo hoy.

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