PALABRA DE VIDA octubre 2026
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo»
(Jn
16, 33)
El Evangelio de Juan nos habla precisamente en un
marco similar, con los apóstoles en torno a Jesús durante la última cena. En esta
escena se
suceden dramáticamente la fraternidad y la traición, la entrega
personal y la oscuridad del mal. Jesús hace un último discurso para
prepararlos a la prueba de la pasión, pero les asegura que volverá. Él mismo
los pone en guardia: en el mundo podrán verse devastados por tormentas y desilusiones, pero en Él
siempre encontrarán paz y vida plena.
Sus
palabras son una promesa que da esperanza:
«¡Ánimo!: yo
he vencido al mundo».
Si
las circunstancias externas y nuestras debilidades nos provocan miedo y
sufrimiento, Jesús
nos invita a confiarnos a Él, a reconocer también hoy los signos de su
presencia en nuestra vida, para tener una mirada nueva sobre la
realidad.
Escribe
Chiara Lubich: «Si hay una realidad misteriosa en nuestra vida es el dolor. […]
Y en muchos casos, quienes tenemos al lado y nos quieren son incapaces de
ayudarnos a resolverlo; sin embargo, basta con que alguien lo comparta con
nosotros, incluso en silencio. Así lo hizo Jesús: se acercó a cada hombre y a cada mujer,
hasta
compartir todo lo nuestro. Más aún: cargó con todos nuestros dolores
y se hizo dolor con nosotros, hasta gritar: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me
has abandonado?” (Mt 27, 46). […] Cada dolor físico, moral o espiritual me recuerda a Él,
es una presencia suya, un rostro suyo. Puedo decir: “En este dolor
te amo a ti, Jesús abandonado. Eres tú quien viene a visitarme y hace suyo mi
dolor. ¡Y por eso te quiero, te abrazo!”. Si además estamos atentos a amar,
a responder a su gracia, a querer lo que Dios quiere de nosotros en
el momento siguiente, a vivir nuestra vida por Él, experimentamos que, en la
mayoría de los casos, el dolor desaparece. Y es así porque amar atrae los dones del Espíritu:
alegría, luz, paz»[1].
«¡Ánimo!: yo
he vencido al mundo».
Incluso
en los
momentos de oscuridad, dejemos que sea Él mismo en nosotros quien venza
al mal con el bien, quien supere la tentación de cerrar el corazón, quien se
haga prójimo de los hermanos y les sirva con amor, tanto en las pequeñas
acciones cotidianas como en el compromiso social a favor del bien común.
También el amor recíproco
en la comunidad da testimonio de la cercanía del Señor y nos alienta. Es la experiencia del joven Javier, de
la República Dominicana:
«Estaba
visitando a mi primo y decidí trepar a un muro del patio, pero se me vino abajo
y me aplastó la pierna derecha. En el hospital, les dije a mis padres que no
podía soportar el dolor. Mi padre me dijo con delicadeza: «Es como compartir el
sufrimiento de Jesús: intenta abrazarlo». Cuando me desperté, me di cuenta de
que mi pierna ya no estaba. Al principio lloré mucho, pero poco a poco sentí
una calma interior y confié en que Dios tendría un plan para mí.
Gracias al amor y al apoyo de los jóvenes de nuestra comunidad y de otras
personas de todo el mundo, ahora tengo una prótesis provisional, y dentro de
unos meses tendré una permanente. La vida en casa ha ido volviendo a la
normalidad. Ayudo en las tareas domésticas, estoy cerca de mi familia y he
podido incluso terminar las clases con muy buenas notas. Todos –mi familia, mis
amigos y el personal del hospital– se han quedado impactados de la calma y de
la actitud positiva que he procurado mantener».
LETIZIA
MAGRI y el equipo de la Palabra de vida
[1] C. Lubich, Palabra de vida de marzo de 2005: Palabras de Vida/2
(1991-2006) (ed. F. Ciardi), próxima edición.

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