PALABRA DE VIDA abril 2026
(Lc 24, 29)
Desencantados de los sueños, los proyectos y los momentos fuertes de
los días transcurridos con el Maestro, los discípulos de Emaús vuelven a casa
para reanudar la vida que habían dejado, la de antes del encuentro con Él. Habían transcurrido
apenas tres días desde su crucifixión, y la desilusión, el miedo y
las dudas reinaban entre sus seguidores.
Se alejaban de Jerusalén, del sueño no realizado, de Cristo y de su
mensaje, tristes porque ya habían tomado la decisión de abandonar el proyecto
que los había llevado a seguirlo.
Es la historia de
todos nosotros cuando nos desencantamos de situaciones que nos plantean tomar una decisión en las
encrucijadas, y en muchos casos nos parece que la única respuesta a nuestro
malestar es volver atrás, renunciar y resignarnos.
«Quédate con nosotros, porque atardece».
Durante el camino, un desconocido se une a los dos y parece ignorar los acontecimientos que acaban de ocurrir. Comienza a hacer preguntas precisas, las cuales desatan toda la amargura y el desaliento. Primero los escucha, y luego comienza a explicar las Escrituras: es un diálogo, un encuentro que deja huella; de modo que, aunque aún no han reconocido a Jesús, le ruegan que se quede con ellos (cf. Lc 24, 17-29).
«Quédate con nosotros, porque atardece».
Esta es quizá una
de las oraciones más bellas que encontramos en el Evangelio. Es la primera oración que se eleva de los
discípulos al Resucitado, y es conmovedora esta invitación que todos podemos
dirigirle para que Él se quede con nosotros y entre nosotros.
Los ojos de los dos discípulos se abren al partir el pan, y la alegría de haberlo reconocido por fin los anima a volver a Jerusalén para anunciar a sus amigos la resurrección.
«Quédate con nosotros, porque atardece».
«Quizá nada
mejor que estas palabras explica la experiencia de vivir con Jesús en medio,
que las focolarinas hicimos desde el principio –escribe Chiara Lubich–. Jesús es
siempre Jesús, y aunque esté presente solo espiritualmente, cuando
está, explica las Escrituras y arde en el corazón su caridad: la vida. Cuando
lo hemos conocido, nos lleva a decir con infinita nostalgia: “Quédate con
nosotros, Señor, porque atardece”; sin ti es noche oscura […]»[1].
La noche es
símbolo de tinieblas, de lo
desconocido, de falta de esa luz que no somos capaces de encontrar porque no
creemos en su presencia, que sigue acompañándonos siempre.
La noche es la
que envuelve a nuestro planeta, herido y ultrajado por luchas fratricidas, por guerras
organizadas por la ambición de poder y de dinero.
La noche es la que viven millones de personas que ya no tienen voz para
gritar las injusticias y los abusos.
Y nosotros ¿cómo
darnos cuenta de la presencia de Jesús, que no siempre se manifiesta según
nuestras expectativas? ¿Cómo entender que Él camina con nosotros y quiere que reconozcamos los signos de su
presencia? Y sobre todo, ¿cómo crear las condiciones para que se manifieste y se quede con
nosotros?
Son preguntas a las que no siempre sabemos dar respuesta, pero que nos piden que
no dejemos de buscar a Jesús, que concentremos la mirada en un compañero de
viaje al que muchas veces no vemos, que reconozcamos a Aquel que
puede hacerse presente si vivimos entre nosotros el amor mutuo.
El camino de
Emaús es símbolo de todos nuestros caminos, es el camino del encuentro con el
Señor, es el camino que nos
devuelve la alegría del corazón, que nos lleva de nuevo a la comunidad para dar
testimonio juntos de que Cristo ha resucitado.
PATRIZIA
MAZZOLA y el equipo de la Palabra de vida