PALABRA DE VIDA mayo 2026
«“Como el Padre me envió, también yo os envío”.
Dicho esto, sopló
sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”»
(Jn 20, 21-22)
Después de haberse aparecido a
María de Magdala en la mañana de Pascua, al atardecer de aquel
mismo día el
Resucitado se presenta por primera vez entre sus discípulos. La reacción
inmediata de ellos es de alegría, acrecentada por la paz, esa paz verdadera
que solo Él puede dar (cf. Jn 14, 27): «La paz con vosotros» (v. 21).
Alegría y paz son
frutos del Espíritu[1]. De
hecho Jesús les dice inmediatamente: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22).
«“Como el Padre me envió,
también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el
Espíritu Santo”».
El Espíritu Santo no solo capacita a los
discípulos para la misma misión que el Padre dio a Jesús,
sino que los
recrea como humanidad nueva. El gesto del Resucitado que
sopló sobre ellos es el mismo que el Creador hizo en las narices del hombre,
que formó con polvo del suelo (cf. Gn 2, 7). Así como la creación es obra continua del
amor del Padre, que sostiene el universo entero, la nueva
creación obrada por el Resucitado en el Espíritu Santo sostiene continuamente
a la humanidad que está en camino hacia el Reino.
La Palabra de Vida de este mes
nos recuerda que en nuestra existencia tenemos una gran posibilidad: convertirnos en otros
Jesús. Y esto es verdad para cada uno de nosotros personalmente,
pero aún más comunitariamente. Jesús habla en plural a sus
discípulos, pues solo juntos, cada miembro con su peculiaridad, pueden repetir
el cuerpo místico de Jesús.
«“Como el Padre me envió,
también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el
Espíritu Santo”».
Así pues, como hijos en el Hijo, tenemos la misma
vocación que Jesús: salidos del seno del Padre, estamos llamados a
volver a Él y a repetir en el mundo sus gestos y sus palabras, acompañados por
la gracia del Espíritu Santo. Si nos abrimos a este don, también nosotros podemos
afirmar con Pablo: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»
(Ga 2, 20).
Entonces, esta palabra nos invita
a profundizar
nuestra relación con el Espíritu Santo, tanto en la oración como en la vida de
cada día, «escuchando aquella voz» y recordando que «sin el Espíritu Santo,
Dios resulta lejano, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra
muerta, la Iglesia es una simple organización y la misión es propaganda. Pero
con el Espíritu Santo, el cosmos se eleva y gime en el alumbramiento del Reino,
Cristo resucitado está con nosotros, el Evangelio es poder de vida, la Iglesia
significa comunión trinitaria y la misión es un nuevo Pentecostés»[2].
«“Como el Padre me envió,
también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el
Espíritu Santo”».
Andrés es un
adolescente en plena crisis existencial: sus dudas sobre el sentido de la vida,
el miedo al futuro y su sensación de fragilidad le parecen montañas
insuperables, y a menudo se siente desanimado e infeliz. Alguien le sugiere
hablar con Chiara Lubich. Justo antes de hablar con ella, Andrés la oye
pronunciar en voz baja «Espíritu Santo», y comprende que Chiara está rezando.
Durante el coloquio
con ella se siente profundamente comprendido, escuchado tal como es. Y recobra
la paz, no porque sus problemas hayan desaparecido de repente, sino porque
ahora hay alguien con quien compartirlos.
«De Chiara no solo recibí una ayuda concreta –confiesa años más tarde–,
sino que también aprendí un estilo: estar cerca
de quien sufre con delicadeza y comprensión, sin juzgar, tal como haría Jesús».
Esto solo puede realizarlo el Espíritu Santo si lo acogemos y dejamos que actúe en nosotros.
CLAUDIO
CIANFAGLIONI y el equipo de la Palabra de vida
[1] «El fruto del
Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia…» (Ga 5, 22).
[2] Ignacio IV Hazin, patriarca de la Iglesia Greco-Ortodoxa de Antioquía, Consejo Ecuménico
de las Iglesias, Uppsala 1968.
